Y así nos vamos

 

Tiene fiebre, le duele la cabeza y siente cómo sus músculos se contraen y relajan más rápido de lo que quisiera. 

Amaneció, pesado y cansado, pero creyó que luego de un café y un baño se sentiría mejor, no fue así. Los síntomas se hacían cada vez más evidentes, y empezó a tener miedo, miedo al temible virus, el virus del que el mundo entero hablaba, miedo a que hubiese tocado su puerta, tuvo miedo a lo desconocido, miedo al mañana.

Las horas pasaron, decidió iniciar con tratamientos caseros, quizás, pensó, se estaba angustiando más de lo necesario. Pero llegó la noche, la espantosa noche, espantosa por que todo duele mas, el dolor del cuerpo y el alma. El silencio de la noche hizo que escuchara más el latido del corazón, el silencio de la noche lo hizo más consciente de su soledad, más consciente del miedo. No durmió, la fiebre no cedía, todo su cuerpo dolía más, y la angustia, esa angustia maldita de no saber si cuan largo será el mañana.

Amaneció, sabia que tenia que hacer la llamada, esa que no quería, pero debía hacer. Llamó al servicio de salud, debía informar de sus síntomas y pedir que le fueran a tomar la muestra, aquella que, confirmaría lo que el corazón gritaba. Insistió en la llamada, una, dos, tres,……..quince veces, no recibió respuesta; los síntomas empeoraban, el dolor de cabeza era más intenso, la fiebre no cedía, y empezó a sentir como los suspiros se quedaban a medio camino. No había nadie, estaba solo. Intentó tranquilizarse, insistió en llamar al servicio de salud, una, dos, tres,…quince veces, no obtuvo respuesta.

El largo día antecedió a la horrible noche. Una noche fría, con ese frío particular de la ciudad, el sonido de la lluvia, y la danza de los más tristes pensamientos. Empezó a recordar su vida, la que fue su familia, recordó a su madre, la bienamada, recordó los sueños frustrados, aquellos que se quedaron siempre guardados en el tintero, escondidos, esperando el mañana. No suspiraba bien, ya sentía que la oscuridad se robaba el aire, y tuvo miedo. En medio de la angustia, la lucha interna entre sobrevivir, pelear por más días de vida y dejar que la vida dolorosa y frecuentemente sin sentido, tomara el control; decidió llamar, intentarlo una vez más, intentó una, dos, tres,…quince veces, la grabación, el sonido interminable del replicar. Decidió entonces buscar desesperadamente otro servicio, alguien que lo ayudara. Contestaron, llegaron, tomaron la muestra, dijeron: “tiene que ir a un hospital”, cerraron la puerta. Auxilio, ayudenme, no puedo respirar, nadie escuchó. Salió, caminó y murió, en medio de la soledad, esa que de verdad mata en vida.